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5.-Depresión y estrategias de afrontamiento.Para no peder el carácter divulgativo de este artículo, y obviando los diferentes tipos y formas de los trastornos depresivos que recogen las clasificaciones al uso, vamos a definir la depresión como un estado caracterizado por algunos de estos síntomas: trastornos del apetito, dificultades en el sueño, falta de energía y cansancio habitual, dificultad para concentrarnos o tomar decisiones, tristeza y llanto frecuentes, disminución del interés por las actividades diarias, sentimientos de culpa e inutilidad, disminución de la capacidad para pensar y concentrarnos y, entre otros, pensamientos recurrentes de muerte, junto a una baja autoestima y un sentimiento de desesperanza hacia uno mismo, los demás y el futuro. Este cuadro se puede presentar de forma puntual (aguda) o mantenerse a lo largo del tiempo (crónica), pudiendo manifestarse desde una forma moderada (trastorno distímico) hasta una forma grave (trastorno depresivo). Es frecuente la aparición de episodios de angustia que se solapan con la sintomatología descrita. La incidencia de la patología depresiva en la población se acepta que está aproximadamente entre el 10 y el 15%, siendo la proporción entre las mujeres, posiblemente por razones psicosociales más que biológicas, tres veces mayor que en los hombres. Los jóvenes y ancianos, así como los separados y viudos, se constituyen como grupos de riesgo. En su origen podemos detectar una predisposición biológica (en los casos más severos); factores psicológico/conductuales como baja autoestima, estilo de pensamiento rígido, una autocrítica excesiva y carecer de los recursos para afrontar las situaciones cotidianas; y, finalmente, factores sociales como no disponer de las relaciones y el apoyo adecuados. Problemas de tipo puntual como la pérdida de empleo, la ruptura de una relación importante, crisis económicas, etc., juegan un papel mucho menos relevante de lo que, de forma intuitiva, pudiera parecer. Los modelos inadecuados de aprendizaje en etapas tempranas de la vida sí que son un factor importante en el posterior desarrollo del trastorno. En la base de algunos cuadros psicosomáticos se puede encontrar el trastorno depresivo. Así, algunos dolores difusos (dolores de cabeza, lumbalgias, fibromialgia…), trastornos de la alimentación (Anorexia, Bulimia…), trastornos del equilibrio, síndrome premenstrual, patologías del sistema inmunológico (catarros frecuentes, infecciones…), trastornos sexuales (inapetencia, impotencia…), etc., pueden tener en su origen importantes desórdenes depresivos. Cuando la duración de los síntomas o la repercusión negativa en nuestra vida diaria sea significativa, deberemos acudir a un especialista. No demorar la cita puede suponer un pronóstico más favorable y, por tanto, un mejor desenlace del trastorno. El tipo de tratamiento dependerá de las variables que estén incidiendo en el paciente y busca, a través de una evaluación completa (historia clínica, pruebas tipo cuestionarios, análisis funcional, etc.) y teniendo en cuenta tanto factores propios (rasgos de personalidad, estilo cognitivo, aprendizaje, etc.) como factores externos o situacionales, la remisión de los síntomas, la adecuación de los estilos de vida y la optimización de los recursos conductuales. Las técnicas actuales de que dispone la Psicología Clínica permiten desechar la idea de tratamientos largos e ineficaces y, por el contrario, contemplar con optimismo la remisión de este tipo de trastornos. Si fuese necesaria una prescripción farmacológica, la colaboración del médico especialista completaría la intervención. En la prevención de los trastornos depresivos juega un papel importante la intervención de padres y educadores, habiéndose desarrollado en varios países programas con resultados francamente optimistas. Estos programas, cuya utilidad en la escuela está fuera de toda duda, aunque en España no se apliquen, pretenden enseñar la relación entre pensamiento y estado de ánimo y entre actividad y satisfacción de vida al tiempo que potencian la aceptación, la autoestima, las habilidades sociales, el control de estímulos y las conductas reforzantes. Como consecuencia de esta actividad preventiva, se fomenta la consecución de objetivos y metas alcanzables, con sentido; la apertura al exterior y el fomento de las relaciones sociales; el reconocimiento y la satisfacción de las necesidades biológicas; la aceptación de nuestra propia realidad y de nuestras limitaciones; impulsar la actividad creativa; educar y perfeccionar la capacidad de gozar; etc. Por el contrario, se pretende el rechazo a la pasividad (ver televisión en exceso, sin un sentido crítico, y con ella la infame abundancia de programas neurotizantes, es un excelente medio de fomentarla); la autocrítica excesiva; la competitividad; la queja permanente; y la inactividad. |
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